Necesito un Puto desahogo

Creo que a nadie le descubro nada nuevo si digo que vivimos bajo la tiranía del buen rollismo y lo políticamente correcto. Una difícil época en la que hay que tener sumo cuidado a la hora de expresarse y cogértela con papel de fumar para no ofender a nadie.
Un tiempo éste en el que los negros no son negros sino subsaharianos, los moros son magrebíes, los rumanos ciudadanos del este y nos empeñamos en unir bellos adjetivos a palabras que son malas por definición con la intención de suavizarlas (discriminación positiva, fuego amigo, envidia sana) haciendo complicadas cabriolas lingüísticas y creando unos términos super-mega-chachis, pero que en la vida real no existen.

Eso sí, todo esto sea por el bien de nuestra avanzada sociedad, para que podamos vivir tranquilos y así mantenernos a salvo del mal que nos acecha por doquier.

Pues bien, ocurre que cuando llevas un tiempo viviendo en este mundo de gominola, tus sentidos comienzan a espesarse, una sensación empalagosa inunda tu estómago y es entonces cuando se hace necesario un poco de desahogo terapéutico para quitarse de encima esa dulzona sensación. Algo así como una purga socialmente discutible, que aunque no suelen prescribirla los médicos, deberían de hacerlo.
Para ello existen varias soluciones y posibilidades, pero en esta ocasión me decantaré por un tipo de terapia literaria y pediré ayuda al rey de los ingenios, al maestro de lo políticamente incorrecto, al máximo especialista en llamar a las cosas por su nombre… A Don Francisco de Quevedo:

Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.

Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.

Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado

Si de otras tales putas me pagare,
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.

Fantástico. Que sonoridad, que contundencia la de la puta palabra que va marcando el ritmo del puto soneto y consigue que suene como una puta melodía.